COMO
LOS NIÑOS
Los
niños, cuando no quieren ver algo, cuando de repente la realidad les
pone por delante algo no agradable, por una infinidad de posibles y
subjetivos motivos, sencillamente cierran los ojos. Lo que no veo no
existe, parecen decir con ello. Pero aún más, incluso cuando lo que
pretenden negar de la realidad no es una cosa cualquiera de ésta,
sino su propia persona, también recurren a la misma práctica. Es
decir, cuando ellos mismos pretenden pasar desapercibidos, sin ser
vistos por los demás, ¿que hacen?, pues lo mismo, cerrar los ojos.
Si yo no veo al mundo, incluido yo mismo en él, tampoco los otros
podrán verlo. Ni verme.
Esta
negación mágica de la realidad, tan simpática en los niños, se
hace antipática e insultante en los adultos, en los que ya no se
trata de un natural mecanismo de defensa para enfrentarse a un mundo
nuevo y aveces hostil, sino de lo que normalmente se conoce como
“cinismo”, o más vulgarmente “cara dura”. Y si hablamos de
adultos-políticos ese cinismo tiende a convertirse en algo así como
una segunda piel, transformación evolutiva producida no tanto por
mutación genética natural como por adaptación al ambiente
sociopolítico militante, que logra su máxima y más cumplida
expresión en el adulto-político-mangaluz. Este ejemplar de ser
humano, que habita nuestra tierra andaluza, ha conseguido elevar
aquel apelativo a la categoría de arte. Me imagino la siguiente
escena, digna tal vez de una preformance de vanguardia:
Larga
pasarela con alfombra roja central, elevada sobre la superficie de
una gran sala que divide en dos, entre la que se reparte el público,
admirativo y aplaudidor de un lado y reprochador y despreciativo del
otro, aunque mayoritariamente indiferente a ambos lados. De repente
comienza el desfile: Uno a uno van desfilando políticos del PSOE y
de IU, pasados y presentes, miembros de gobiernos anteriores y del
actual, también algún que otro sindicalista, entre algunos vítores
de un lado de la bancada y abucheos desde el contrario, si bien con
el predominio del silencio en ambos lados. La alfombra por la que
desfilan, al principio de un rojo claro y limpio, va perdiendo poco a
poco su color, su limpieza y pulcritud, hasta convertirse en un
descolorido y sucio camino lleno de toda clase de inmundicias.
Desfilan la plana mayor del Gobierno actual con Susana de Triana a la
cabeza, seguida de Diego Corrientes, digo Valderas, y del resto de
altos cargos, pero también Pepe Griñán, Carmencita Aguayo o viejas
glorias como Pepe de la Borbolla, el mago Gaspar Zarrías, Chaves el
Cabezón, etc, y así hasta completar una lista interminable de
señores y señoras incluidos en la órbita del poder mangaluz. En
las paredes laterales de la sala enormes pantallas de plasma
reproducen diversas escenas alusivas a la corrupción política y
económica, desde los inicios de la autonomía en Andalucía. No las
reproducimos aquí para no herir la sensibilidad del desocupado y
desprevenido lector.
Los
“desfilantes” miran hacia el frente, al fondo de la sala, en
donde una gran urna de cristal que cuelga del techo se balancea a
mitad de camino entre éste y el suelo. Por momentos miran hacia las
escenas reproducidas en las paredes, pero rápidamente se vuelven
hacia la urna sin perder el gesto. Entonces ocurre lo extraordinario,
lo inaudíto, lo increible. De repente, uno a uno, a mitad de su
actuación por la pasarela, se detienen unos segundos volviéndose
hacia el desprevenido público de uno y otro lado, dirigiéndose a
ellos desde la superior altura de la pasarela, con estas invariables
palabras: “Ya veis que nada de esto es verdad, pues yo sigo
desfilando como si nada, sin que nada de lo que veis reflejado en las
paredes me afecte. ¿Que mayor prueba de la falsedad de esas imágenes
queréis?”.
Magistral.
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